La muerte mató la rutina
Eran las tres de la tarde, y hacía un calor de aquellos que suelen denominar infernal. La camioneta en la que recorría la Autopista Norte llevaba más de 10 minutos andando a un paso desesperadamente lento, y yo no me atrevía a abrir la ventana porque el ruido de los motores y las bocinas de nuestros automóviles vecinos me impedía escuchar a mi interlocutor, pensando que si éste se había ofrecido a llevarme a casa lo mínimo que podía hacer para retribuírselo era escuchar su conversación. De vez en cuando me distraía pensando en por qué a alguien se le podría haber ocurrido llamar a una vía de dos carriles en la que los carros no pueden andar a más de cincuenta kilómetros por hora Autopista, y por qué los que lo escucharon proponiendo ese nombre habrían cometido el atropello de permitir que la bautizaran así. Y entre conversaciones y cavilaciones, sonó el celular de mi acompañante.
A pesar de que es contra la ley, decidió responder a la llamada y continuar conduciendo. La conversación duró dos minutos, tiempo durante el cual lo único que pude percibir fue el cambio en el semblante de mi compañero y sus respuestas monosilábicas a lo que la persona en el otro lado de la línea le decía. Colgó el teléfono y se quedó en silencio, en uno de esos silencios de doble intención que no quieren romperse pero que al mismo tiempo esperan que alguien los desgarre preguntando qué pasa. Y como habría hecho cualquier otro, efectivamente le pregunté qué pasaba. Y comprobé que no me equivocaba al pensar que estaba esperando mi pregunta, porque de inmediato me respondió: -Acaba de morir el papá de Antonio-. Me quedé frío. Con ese frío que sólo la palabra muerte puede producir en el ser humano. Porque ni siquiera el verbo enfriar enfría tanto como el verbo morir.
Miré hacia el frente y vi que ahora el carro se movía por fin a una velocidad decente. Pero en ese momento ya no me importaba. Porque la muerte también tiene esa cualidad de que le permite al hombre algo que para él es sumamente complicado: dejar por un momento de pensar en sí mismo para preocuparse por las cosas de los demás. Y pensé en Antonio, mi buen amigo, que debía estar sufriendo como nunca, en especial porque estaba a cientos de kilómetros del lugar donde su padre había dejado este mundo. Espontáneamente me brotó una oración por él, y la tranquilidad me volvió al espíritu.
Llegamos a destino, donde cumplí la rutina normal: subir tres pisos en escalera, dejar la mochila en la silla alargada de cuero del lado occidental de la sala, tomar una galleta y subir al cuarto. Sólo que esta vez la cotidianidad la rompía el fatídico anuncio de la tarde, que a pesar de todo no dejaba de rondarme la cabeza. Y decidí que lo mejor que podía hacer era ir a ver a mi amigo, y tratar de proporcionarle algo de consuelo tras este suceso inconsolable. Llegué a su casa, y lo encontré como esperaba: sentado en el sillón de la sala, con el rostro escondido entre las manos y el cuerpo encorvado de tal manera que parecía que estuviera padeciendo un serio dolor estomacal.
No decía nada, no lloraba, no se quejaba. Se limitaba a estar en esa posición, sumido en un profundo e inconmovible silencio sepulcral.
Al ver que no respondía a mi saludo, decidí quedarme allí, parado en medio de la sala, esperando alguna reacción de mi amigo para tratar de expresarle mi apoyo en ese momento de dolor. Tras un breve momento en ese incómodo estado, un profundo grito desgarró el silencio. Era el llanto de Antonio que se había desatado tras aquellos titánicos e inútiles esfuerzos por contener tanta amargura. Se fue de allí, llorando como los hombres lloran a los hombres, mostrando con ese llanto viril el sinsentido de aquella falacia que afirma que los hombres no deben llorar. Se fue a su habitación, y me dejó allí parado en medio de la sala sin haberme dicho aún ni una sola palabra.
Sin saber todavía qué hacer, me limité a seguir esperando, entendiendo el mensaje que me enviaba mi amigo. Quería estar solo, y sólo concediéndole ese deseo podría manifestarle que estaba con él. Pedí algo de comida y se la llevé al cuarto, recibiendo como respuesta un gesto aprobatorio de esa cabeza gacha que posaba su mirada en el suelo todavía sin decir nada. Salí de allí y fui a comer algo en un sitio cercano, y al ver a mi regreso los platos de mi amigo vacíos recibí el mejor de los agradecimientos. Con la tranquilidad que me daba ver la fortaleza del ahora huérfano, y al notar que la noche ya se posaba sobre la ciudad, decidí dejar la casa de mi amigo y dirigirme a la mía.
Sin dejar de pensar en los sucesos que aquella tarde habían roto la cotidianidad, seguí la misma rutina de siempre: cepillo de dientes, seda dental, pijama gris, oración aprendida en la infancia y cabeza sobre la almohada. Todo como todos los días, excepto lo que había en mi cabeza. Porque la muerte siempre deja huella. Y mañana al despertar, seguramente Antonio ya irá camino de su pueblo, donde le dará el último adiós al hombre que por primera vez le dijo hola. Y el resto del mundo seguirá girando como siempre, y nosotros seguiremos con la misma rutina de siempre, hasta que de nuevo venga la muerte y nos recuerde que esto no es para siempre.
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