Dos momentos, dos canciones

Inspirado en la letra de la canción “Pedro Navaja”:

Llevaba ya como tres horas en la cantina. Había acabado de descubrir que mi mujer me estaba engañando y se me había venido el mundo encima. No sabía qué hacer, la rabia se combinaba con la desazón. Además, me lo había dicho en la cara. Me había escupido esas palabras fatídicas que se me hundieron en el corazón: “ya no te quiero. Desde hace rato no te quiero. Es más. Desde hace mucho estoy andando con otro. Así que largáte y no volvás más”. 

¿A qué horas pasó? No tengo ni idea. El caso es que, más allá de la pena, el trago amargo que estaba tratando de pasar a punta de alcohol era que yo no había tenido los pantalones para hacer nada. Ella me lo había dicho en la cara, y yo lo único que hice fue bajar la mirada y largarme. Ni un reproche, ni un reclamo, ni una lágrima. Salí de allí y comencé a deambular por las calles próximas sin saber qué hacer. Además, la casa era de ella. Como quien dice, me había quedado literalmente en la calle. Tenía unos pocos pesos en el bolsillo y una pesada amargura en el alma. 

Ya estaba comenzando a anochecer y las calles estaban completamente vacías. Lo único que vi al cruzar por la esquina del viejo barrio fue a una mujer caminando como una fiera enjaulada por el andén. Todavía aturdido, decidí entrar a la cantina y gastarme todo lo que tenía en whisky, después dejaría que pasaran las horas y me moriría de hambre. Esa sería mi venganza. Que esa mujer que me había abandonado tuviera que ir al cementerio a ver cómo me sepultaban en la tierra metido en un cajón. Y tendría que sentirse culpable por mi muerte. Eso sí que era una buena venganza.

Pasadas  ya como tres horas y media, escuché un sonoro disparo justo al frente de la cantina. A pesar de que siempre he sido asustadizo, en ese momento ni me inmuté. No me importaba nada. Al fin y al cabo, dentro de poco tiempo yo sería un muerto más, como el que seguramente estaba yaciendo afuera. Me terminé el último whisky y salí de la cantina. 

La calle seguía absolutamente desolada. Y ante mí había dos cuerpos: el del conocidísimo Pedro Navaja, el más temido de por estos lares, que tenía todo el pecho ensangrentado, los ojos abiertos como los de una vaca y la boca entrecerrada, dejando ver tan sólo su diente de oro; y el de la mujer que hacía un rato había visto caminando en frente de la taberna, y que durante un rato había entrado a tomar un trago. La visión no me causó ninguna sensación especial, porque como ya lo dije, en ese momento me sentía absolutamente ajeno a lo que le pasara al mundo. Pero eso sí, el treinta y ocho del especial que llevaba la mujer sí que estaba atractivo, por lo que decidí tomarlo, junto a la navaja del famoso Pedro y los pesos que tenía encima. Y en ese momento tuve una iluminación: en vez de dejarme morir, mataría a mi mujer. Así que, feliz de la vida, armado y sin ningún afán me fui cantando aquello “que decía mi abuelita, el que ríe de último, ríe mejor”.

***

Inspirado en la letra de la canción “Y no hago más na”:

Dan las ocho de la mañana. El despertador no suena, porque nunca lo pone a funcionar. Sin embargo, la luz del sol comienza a filtrarse por la ventana y lo despierta. Se levanta sin ningún afán, se estira y se sonríe. “Un día más, hoy tampoco hago na”, piensa satisfecho. Se ducha con parsimonia y se perfuma con el aroma que siempre se compra cuando va a Panamá. Sale de allí, dan las nueve, y como siente hambre, va a buscar el desayuno que ya le ha dejado listo su mujer antes de salir a trabajar: huevos tibios, jamón y un buen chocolate, de esos que hasta fríos saben rico. Porque eso sí, él no se va a esforzar por ir a calentarlo. Termina de comer y se va a la sala. 

Comienza a leer la prensa, pasando lentamente cada página, como si fuera un cauteloso periodista que sintiera la necesidad de enterarse de todo. Pero él no lo necesita, simplemente quiere estar allí y ver cómo los demás trabajan en mil cosas. “¿Y para qué, si al final todos vamos a terminar así?” piensa mientras termina de leer las esquelas.

El reloj da las doce. A esa hora, siempre puntualmente, siente hambre. Vuelve a la cocina, se come el arroz con habichuelas que también cocinó su mujer. Le encanta ese plato, así que lo saborea con el mayor gusto.

Después de tanto desgaste, llega la hora de la siesta. Dos horas acostado para aliviar un poco el trajín de no hacer nada. 

El ruido de la gente que sale de sus trabajos lo despierta. Y para pasar un poco la modorra, va en busca de un cigarro. Siempre los guarda en el estudio, donde también tiene su guitarra. Y como siempre, no aguanta la tentación y se pone a cantar. 

Cuando termina la melodía, llega su mujer. Se la ve cansada. Lo saluda con un cariñoso beso, que él devuelve ni corto ni perezoso. Luego los dos se van a la cocina, ella se pone a preparar un bistec, mientras él le pone conversa para que ella no se acuerde de que está cansada. 

Una vez consumido el manjar nocturno, ambos se dirigen al balcón y se ponen a charlar. Él le dice que está muy orgulloso de ella. Durante un buen rato continúa haciéndole comentarios aduladores, y de vez en cuando se halaga a sí mismo. Ella sólo sonríe. Su rostro cansado tiene una expresión de lástima mientras lo escucha. Pareciera que está hablando con un niño o con un enfermo. Pero parece que él no reparara en eso.

Ya entrada la noche, ambos deciden que llegó la hora de dormir. A los dos les espera una jornada intensa mañana. A ella, la cocina y el trabajo. A él, el cigarrillo y la hamaca. Por eso es necesario que repongan las fuerzas. Cuando el silencio ya reina en la habitación, comienza a sonar música en la casa del vecino: "Señores, si yo estoy declarado en huelga, ¡sí!, ¡mi mujer que me mantenga! ¿Oíste? ¿Quién trabajará? ¿Quién, yo? Búscate a otro, yo ya hice lo que iba a hacer".

Ella sólo calla. Y él sólo sonríe.


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