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En la guillotina

A lo lejos se oía la voz del Juez leyendo el veredicto: “Por decisión unánime del pueblo y sus representantes, declaramos a N. culpable de asesinato múltiple y rebelión, y lo condenamos a…” Mientras tanto, el acusado, con cara impávida y fría, miraba al horizonte, demostrando ningún interés por la sentencia que leía el Juez. -¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? Le preguntó el acusado a su verdugo, quien a su lado esperaba el final de la lectura de la sentencia. - Desde que tengo memoria me dedico a este oficio, nunca he ejercido ninguno otro. - Ya veo, ¿Y por qué lo haces? ¿Qué te motiva a hacerlo? -No tengo ninguna otra motivación que conseguir el sustento para mi esposa y mis dos pequeños hijos. -Es curioso, pero la razón por la cual estoy aquí, atado de manos y pies, es la misma por la cual tú estás a punto de dejar caer esa cuchilla. - ¿Qué quieres decir? Preguntó el verdugo. -Que tú estás haciendo exactamente lo mismo que hice yo, pero mientras a mí me pagan qu...

Secuencia narrativa

1. La mujer se encuentra con el hombre en un bar de mala muerte. La esposa del hombre acaba de morir de un cáncer implacable. La mujer estaba embarazada de su novio de toda la vida, que la abandonó al saber que estaba encinta. Ella deseaba vivamente tener a su bebé, pero éste acaba de morir. 2.   Aunque no se conocen, la mujer percibe que el hombre también está triste y se sienta a su lado. El ambiente se pone un poco tenso, y el silencio reina por unos minutos. Luego ambos sacan a flote sus penas, descubriendo que la muerte se ha ensañando con ambos, siendo la causante de sus desgracias. 3.   La disertación continúa al calor de unos tragos. El hombre sólo llora y se queja, mientras la mujer habla acerca de lo mucho que quería a su hijo aún no nacido. Ella dice que no logra entender cómo puede ser que antes de nacer ya la muerte haya acabado con una vida. 4.   De repente, comienza a hablar del día de su nacimiento. El hombre la mira entre admirado, sorprendid...

Dos momentos, dos canciones

Inspirado en la letra de la canción “Pedro Navaja”: Llevaba ya como tres horas en la cantina. Había acabado de descubrir que mi mujer me estaba engañando y se me había venido el mundo encima. No sabía qué hacer, la rabia se combinaba con la desazón. Además, me lo había dicho en la cara. Me había escupido esas palabras fatídicas que se me hundieron en el corazón: “ya no te quiero. Desde hace rato no te quiero. Es más. Desde hace mucho estoy andando con otro. Así que largáte y no volvás más”.  ¿A qué horas pasó? No tengo ni idea. El caso es que, más allá de la pena, el trago amargo que estaba tratando de pasar a punta de alcohol era que yo no había tenido los pantalones para hacer nada. Ella me lo había dicho en la cara, y yo lo único que hice fue bajar la mirada y largarme. Ni un reproche, ni un reclamo, ni una lágrima. Salí de allí y comencé a deambular por las calles próximas sin saber qué hacer. Además, la casa era de ella. Como quien dice, me había quedado literalmente en...

Tres dolores

Un grito de dolor acompañó el estremecedor crujido de la rodilla de Julián. Había recibido el balón desde su derecha, por lo que no intuyó la llegada por el otro lado del defensa rival. Inmediatamente su pie derecho tocó el balón, su rodilla izquierda recibía toda la fuerza de los 80 kilos del gigante que se había tirado al piso en pro de quitarle algo más que el esférico. Porque en ese momento no sólo perdió el balón. Perdió sus ilusiones, construidas durante años: al final sólo quedaron ligamentos rehechos con acero y miles de sueños que ni con el mejor de los cirujanos serían reconstruidos de nuevo. --------------------------------------------------------------------------------- Con el teléfono en la mano, la mujer lloraba sin consuelo. La voz del médico había dado el veredicto: el bebé que se estaba gestando ya no era, porque la muerte llegó antes del primer “te quiero”. --------------------------------------------------------------------------------- De nuevo retiró la m...

La muerte mató la rutina

Eran las tres de la tarde, y hacía un calor de aquellos que suelen denominar infernal. La camioneta en la que recorría la Autopista Norte llevaba más de 10 minutos andando a un paso desesperadamente lento, y yo no me atrevía a abrir la ventana porque el ruido de los motores y las bocinas de nuestros automóviles vecinos me impedía escuchar a mi interlocutor, pensando que si éste se había ofrecido a llevarme a casa lo mínimo que podía hacer para retribuírselo era escuchar su conversación. De vez en cuando me distraía pensando en por qué a alguien se le podría haber ocurrido  llamar a una vía de dos carriles en la que los carros no pueden andar a más de cincuenta kilómetros por hora Autopista, y por qué los que lo escucharon proponiendo ese nombre habrían cometido el atropello de permitir que la bautizaran así. Y entre conversaciones y cavilaciones, sonó el celular de mi acompañante. A pesar de que es contra la ley, decidió responder a la llamada y continuar conduciendo. La conver...