Tres dolores
Un grito de dolor acompañó el estremecedor crujido de la rodilla de Julián. Había recibido el balón desde su derecha, por lo que no intuyó la llegada por el otro lado del defensa rival. Inmediatamente su pie derecho tocó el balón, su rodilla izquierda recibía toda la fuerza de los 80 kilos del gigante que se había tirado al piso en pro de quitarle algo más que el esférico. Porque en ese momento no sólo perdió el balón. Perdió sus ilusiones, construidas durante años: al final sólo quedaron ligamentos rehechos con acero y miles de sueños que ni con el mejor de los cirujanos serían reconstruidos de nuevo.
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Con el teléfono en la mano, la mujer lloraba sin consuelo. La voz del médico había dado el veredicto: el bebé que se estaba gestando ya no era, porque la muerte llegó antes del primer “te quiero”.
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De nuevo retiró la mano del timbre. Otra vez lo había paralizado el miedo. Al otro lado de la puerta estaba su amada. Dudó. Pensó. Estaba allí parado al frente de esa casa por enésima vez, y nunca había sido capaz de llamar. Otra vez estaba allí parado en medio de la lluvia sin lograr vencer sus temores. Su cara cada vez estaba más mojada, porque las lágrimas decidieron acompañar al agua que llegaba del fuerte aguacero. Otra vez había sido derrotado sin haber entrado en la pelea. Seguía muriendo en vida, porque su amor seguía siendo más débil que el miedo.
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