En la guillotina
A lo lejos se oía la voz del Juez leyendo el veredicto:
“Por decisión unánime del pueblo y sus representantes, declaramos a N. culpable de asesinato múltiple y rebelión, y lo condenamos a…”
Mientras tanto, el acusado, con cara impávida y fría, miraba al horizonte, demostrando ningún interés por la sentencia que leía el Juez.
-¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? Le preguntó el acusado a su verdugo, quien a su lado esperaba el final de la lectura de la sentencia.
- Desde que tengo memoria me dedico a este oficio, nunca he ejercido ninguno otro.
- Ya veo, ¿Y por qué lo haces? ¿Qué te motiva a hacerlo?
-No tengo ninguna otra motivación que conseguir el sustento para mi esposa y mis dos pequeños hijos.
-Es curioso, pero la razón por la cual estoy aquí, atado de manos y pies, es la misma por la cual tú estás a punto de dejar caer esa cuchilla.
- ¿Qué quieres decir? Preguntó el verdugo.
-Que tú estás haciendo exactamente lo mismo que hice yo, pero mientras a mí me pagan quitándome la cabeza, a ti te recompensan pagándote un salario.
-Sigo sin entender- dijo el verdugo, algo confundido.
-Verás. Yo estoy condenado a muerte por ser un asesino, o sea, por quitarle la vida a una serie de personas. Tú haces exactamente lo mismo que yo, y, además, todos los días: acabar con la vida de seres humanos.
Yo lo hacía por mis hijos, por mi esposa, por mi familia. Lo único que buscaba era darles el sustento a esos inocentes, cuya única culpa era haber nacido en una familia pobre y desamparada por el mundo y por el rey. Tú cortas la cabeza de miles de personas, sin saber a ciencia cierta si son inocentes o no, sin ningún tipo de remordimiento de conciencia, limitándote a ejecutar lo que los otros verdugos te ordenan. Éstos, los poderosos del mundo, promulgan condenas y sentencias a diestra y siniestra, sentenciando la suerte de toda clase de personas que se ven obligadas a purgar con su vida el remordimiento de conciencia que aqueja a la sociedad. Porque es la sociedad misma la que abandona a sus hijos, los deja a su suerte, y luego, cuando estos desgraciados buscan la manera de salir adelante por sus propios medios, les cierra todas las puertas, los ata de pies y manos, y los devuelve a la cloaca en la que los ha dejado desde que los engendró.
En ese momento, estos miserables pierden la razón y comienzan a encontrar ese sentido de la vida que nunca han tenido en devolverle a la sociedad lo que ella les ha dado: un escupitajo en la cara.
Comienza entonces esa lucha del individuo contra el mundo, en el que ambos piensan que el problema es el otro. Y como el mundo es poderoso y el individuo es un alfeñique, el vigoroso titán sale vencedor. Carente de oportunidades, desesperado, abandonado; el único medio que encuentra el hombre para enfrentarse al gigante es esconderse, agazaparse cual león hambriento en la oscuridad y esperar el momento oportuno para el ataque nocturno, que se convierte así en el único medio efectivo que encuentra para alimentar a su familia, sin saber que le está dando la oportunidad perfecta a la sociedad para justificar oficialmente la sentencia y deshacerse de él sin ningún dolor en la conciencia. Esa oportunidad de tacharle como un indeseable, un desadaptado, y en último término, como un problema, un problema del que hay que deshacerse.
Y es así como llega el veredicto, condenando al bellaco a la muerte ignominiosa y al escarnio público, para asegurarse así que nadie más se atreva a desafiar al poderoso, que sentado en su trono observa impasible cómo es aplastado aquel que osó enfrentársele. Y así el coloso se anota una victoria más, apoderándose de la cabeza del criminal y añadiéndola a su lista de trofeos.
Yo lo hacía por mis hijos, por mi esposa, por mi familia. Lo único que buscaba era darles el sustento a esos inocentes, cuya única culpa era haber nacido en una familia pobre y desamparada por el mundo y por el rey. Tú cortas la cabeza de miles de personas, sin saber a ciencia cierta si son inocentes o no, sin ningún tipo de remordimiento de conciencia, limitándote a ejecutar lo que los otros verdugos te ordenan. Éstos, los poderosos del mundo, promulgan condenas y sentencias a diestra y siniestra, sentenciando la suerte de toda clase de personas que se ven obligadas a purgar con su vida el remordimiento de conciencia que aqueja a la sociedad. Porque es la sociedad misma la que abandona a sus hijos, los deja a su suerte, y luego, cuando estos desgraciados buscan la manera de salir adelante por sus propios medios, les cierra todas las puertas, los ata de pies y manos, y los devuelve a la cloaca en la que los ha dejado desde que los engendró.
En ese momento, estos miserables pierden la razón y comienzan a encontrar ese sentido de la vida que nunca han tenido en devolverle a la sociedad lo que ella les ha dado: un escupitajo en la cara.
Comienza entonces esa lucha del individuo contra el mundo, en el que ambos piensan que el problema es el otro. Y como el mundo es poderoso y el individuo es un alfeñique, el vigoroso titán sale vencedor. Carente de oportunidades, desesperado, abandonado; el único medio que encuentra el hombre para enfrentarse al gigante es esconderse, agazaparse cual león hambriento en la oscuridad y esperar el momento oportuno para el ataque nocturno, que se convierte así en el único medio efectivo que encuentra para alimentar a su familia, sin saber que le está dando la oportunidad perfecta a la sociedad para justificar oficialmente la sentencia y deshacerse de él sin ningún dolor en la conciencia. Esa oportunidad de tacharle como un indeseable, un desadaptado, y en último término, como un problema, un problema del que hay que deshacerse.
Y es así como llega el veredicto, condenando al bellaco a la muerte ignominiosa y al escarnio público, para asegurarse así que nadie más se atreva a desafiar al poderoso, que sentado en su trono observa impasible cómo es aplastado aquel que osó enfrentársele. Y así el coloso se anota una victoria más, apoderándose de la cabeza del criminal y añadiéndola a su lista de trofeos.
-Carajo- dijo el verdugo. Ya estoy cansado de oír siempre el mismo discurso moralista de cada pendejo que pasa por aquí.
Y sin permitir que el juez terminara de leer el veredicto, dejó caer la guillotina sobre la cabeza del acusado.
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